El destino se nos puso conceptual. Por Alexander Ávila Álvarez

Nada es como se planea. A inicios de 2019, regresaba a casa luego de varios años donde viví de aquí para allá, haciendo de todo. Y cuando digo todo, son muchas cosas y a la vez, nada. Mi historial de aportes al seguro público, con 32 años, era de 2 años con meses. Todo lo que tenía y tengo cabe en un cuarto, conmigo adentro.

Gualaquiza es un pequeño cantón de algo más de 17 mil habitantes. Durante su existencia jurídica y no, ha pertenecido a dos provincias: Morona Santiago y Santiago Zamora, la cual se dividiría en la primera y en lo que hoy es Zamora Chinchipe. Antes de ser un cantón independiente fue parte del cantón Sigsig y del cantón Santiago. En este pueblo, que siente y piensa más como serrano que como amazónico, viví mi adolescencia. Allí, que durante la Guerra del Cenepa buena parte de su población huyó a sus fincas por el temor de un posible bombardeo, generado por los pesados aviones que lo sobrevolaban, retornaba a beber sopa de madre y descansar unos tres meses.

El tiempo estipulado se multiplicó hasta hace poco. Volver a casa, luego de un largo periodo, es una experiencia algo exótica de la que no puedes salir de la noche a la mañana. Un quiteño, nacido al sur y traidor nato, por no ponerse la amarilla del Aucas sino la blanca de la U, manufacturado en Cuenca y deportado a la Amazonía, luego de más de un año de tres comidas diarias y ropa limpia, bajaba nuevamente de un bus, buscando en las calles del antiguo Tomebamba, un no sé qué, un algo, encontrarse, tal vez. Un libro casi listo y un par de ideas por materializar, llevaba de equipaje.

Llegué a Cuenca el sábado 7 de marzo, cuando el coronavirus comenzaba a ser un problema no únicamente chino. Eso sí, vivíamos aún en esa burbuja de creer que “esas cosas a mí no me pasan”. La ciudad funcionaba como siempre, no copada totalmente por el periodo vacacional, que lleva, a buena parte de los estudiantes foráneos, que llegan por el llamado “sueño cuencano”, a sus ciudades de origen. Empero, me encontré con los amigos más cercanos y fue como siempre. Actualizamos la agenda de chismes, comimos en la huequita de madrugada habitual y quedamos en vernos seguido, ahora que había vuelto por tiempo indefinido.

El destino, sin embargo, se nos puso conceptual y quiso otra cosa.

Abdalá, olvidando lo que alguna vez dispuso en un concierto de rock en Ambato, tuiteaba contra los militares, que, llevando su obligación y órdenes a apetitos más personales, cortaron las melenas y llenaron de planazos de machete, a un sinnúmero de ciudadanos que no acogían la disposición de mantenerse en casa.

Nos quedamos sin presidente, aunque realmente el Ecuador nunca ha tenido uno.

El mundo es una ventana con vista a un cerco eléctrico y a dos gatos que juegan con el cuerpo de un pájaro.

Nunca antes un par de amantes se habían deseado tanto como hoy.

La última banda en la que toqué, se llamó Las cuerdas rotas. Aunque hicimos unas buenas canciones, junto con el terremoto de aquel abril, se nos cayó el ímpetu. Nunca más nos pudimos reunir en vivo. Solo el encierro y la distancia nos juntó, frente a una cámara.

¿Cuándo fue la última vez que estuvimos tan sobrios?

Debimos hacer el amor otra vez, en lugar de haber ido a ese museo

Ya no tengo un libro, todo pertenece a un mundo antiguo.

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